Próxima audiencia: martes 14 de septiembre 9:00 hs

 

El 7 de septiembre a la 9:00 hs continúan las audiencias. Declararán Oscar Solís sobreviviente de la Brigada de Lanús con asiento en Avellaneda y Luis “Chito” Paredes, compañero de Jorge “Piura” Mendoza Calderón, detenido-desaparecido que también fu visto en ese centro clandestino.

Las fotos del flyer corresponden a Jorge Mendoza Calderón y José Reinaldo Rizzo, casos de este juicio.

En esta etapa donde los juicios se hacen mediante plataformas virtuales en razón de la pandemia, invitamos a todes a acompañar los testimonios a través del canal de La Retaguardia TV: https://bit.ly/2T1S06P o el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria.  https://fb.watch/66cTGFRqGP/
Más información en el blog del Programa de Apoyo a Juicios de la UNLP https://bit.ly/3coDVqV.

Cobertura de la audiencia del 7 de setiembre de 2021


Ellas querían un mundo mejor

Graciela Jurado e Inés María Pedemonte fueron secuestradas en La Plata con tres días de diferencia en octubre de 1976. Ambas siguen desaparecidas. Los testimonios de Nilda Eloy y de Haydée Lampugnani permitieron establecer el paso por diferentes centros clandestinos de Graciela e Inés, víctimas del terrorismo de Estado junto a decenas de miles de mujeres trabajadoras, estudiantes y militantes.

Por Gabriela Calotti

“Yo soy hermana de Graciela Jurado, desaparecida en el año 1976, más precisamente el 5 de octubre”, así comenzó su testimonio María Cristina Jurado en el marco del juicio por los delitos de lesa humanidad perpetrados en las Brigadas de la policía bonaerense de Banfield, de Quilmes y “El Infierno” de Lanús que lleva adelante de forma virtual el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata.

Graciela Jurado tenía 30 años cuando fue secuestrada. Hacía un tiempo y por seguridad habia renunciado a su trabajo en el Instituto de Previsión Social (IPS) de La Plata, donde desde 1975 reinaba el terror paraestatal, relató María Cristina en la audiencia número 39 de este juicio que comenzó en octubre del 2020.

Haydé Lampugnani, sobrevivente del genocidio y testigo en este juicio, afirmó semanas atrás que compartió cautiverio con Graciela en la Comisaría 5º de La Plata, en el CCD “El Vesubio” y en “El Infierno” que funcionaba en la Brigada de la Bonaerense de Lanús, con asiento en Avellaneda. Graciela Jurado y Liliana Violini –que siguen desaparecidas- le habían dado albergue a Haydée y a su hijo pequeño en su departamento cerca de la estación provincial de Meridiano Quinto.

Nilda Eloy, sobreviviente fallecida en 2017 por una enfermedad, declaró varias veces ante la justicia afirmando que había compartido cautiverio en “El Infierno” con Inés Pedemonte y con Graciela Jurado, entre otras mujeres secuestradas en el marco del terrorismo de Estado.

En aquel entonces María Cristina trabajaba en el Colegio de Escribanos en La Plata. “Un día llega una compañera mía diciendo que ‘estaba contenta porque habían apresado a dos guerrilleras’ … Tuve la percepción de que podría tratarse de mi hermana y después, sí… era ella”, recordó ante el Tribunal, antes de asegurar que habían pasado varios días sin noticias de Graciela y “empezamos a alarmarnos”.

María Cristina y Graciela se veían casi diariamente en el centro de la ciudad para tomar un café, contó. Según supo, a Graciela la secuestraron con otra chica. “Se metieron una carnicería pero las secuestran igual”, dijo sin otros datos.

Según María Cristina, su hermana había quedado “fichada” por las fuerzas represivas meses antes del golpe, “el 22 de agosto de 1975 al salir de un acto de conmemoración por los sucesos de Trelew. A partir de ahí empezaron las redadas, operativos en las calles, paraban colectivos, iban a las casas… mi hermana lo primero que hizo fue dejar la casa de mis padres”, explicó.

Mientras su padre ya había presentado un Hábeas Corpus, ella se presentó ante una delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que visitaba el país y al Ministerio del Interior, donde el “señor” que la atendió le hizo preguntas y “me dijo varios disparates. ‘Qué sabía yo si mi hermana estaba en la selva tucumana peleando’… Yo le respondí que con mi hermana nos veíamos todos los días en La Plata”, sostuvo.

Al día siguiente, el 6 de octubre, “un montón de personas a cara limpia” irrumpieron en la casa de sus padres adonde ella vivia con su hija. “Me tenían encañonada y me hacían preguntas hasta que mi papá insistió en que yo era María Cristina (…) Ahí salieron gritando ‘no es, no es’ y se fueron”, contó al Tribunal esta mujer ya mayor.

Cuando vino a La Plata a declarar conoció a Nilda Eloy quien “me contó, calculo, a grandes rasgos todo lo que había pasado”, indicó María Cristina sin recordar si le había mencionado los lugares de cautiverio.

“Mi mamá siempre tuvo la esperanza de que iba a aparecer”, contó María Cristina antes de asegurar que las semanas que pasaron desde el secuestro de Graciela parecían “años”.

“Creo que llegó hasta noviembre. No sé si alcanzó a cumplir los 31 años, el 18 de noviembre. Su final sé que fue en noviembre por Nilda Eloy”, sostuvo.

“Nunca más supimos nada”, afirmó María Cristina Jurado que durante su testimonio revindicó el “trabajo de militante y de concientización” de su hermana en el IPS y en la Asociación de Trabajadores Estatales (ATE).

Graciela militaba en la Juventud Trabajadora Peronista

“Ella quería un mundo mejor”

David Nillni era el marido de Inés María Pedemonte, estudiante de Veterinaria de la UNLP y militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Al comienzo de la dictadura cívico-militar Inés tenía 35 años, algunos más que él.

Inés María Pedemonte “es una persona que fue de carne y hueso que sentía, que quería, amaba y luchaba por algo distinto. Es la historia de una militante de base, secuestrada y desaparecida forzada”, sostuvo el martes Nillni mientras mostraba dos fotos de aquella joven mujer con su bebé en brazos, nieta de uno de los fundadores de la ciudad de La Plata. “Ella quería un mundo mejor. Que todo el mundo tuviera acceso a la cultura, a la educación”, afirmó ante el Tribunal al esbozar una semblanza de Inés.

Inés, la menor de siete hermanas, trabajaba en IOMA en el deparamento de Odontología y era delegada de ATE. Con ella contrajo matrimonio el 14 de agosto de 1968. Tres años más tarde tuvieron a su hijo, Sergio Alejandro.

Mientras vivieron en su casa de Tolosa recibían gente todo el tiempo. Compañeros de estudio, vecinos, amigos. “Con los vecinos festejábamos el fin de año, los nacimientos”, recordó el testigo sin poder contener las lágrimas.

“Lamentablemente por casa pasó gente que desapareció o que fue asesinado como Sergio García, compañero de Inés; otra es Marlene, una chica paraguaya de origen alemán; también estuvo Nora Ungaro, Horacio y también Josefina Pedemonte, mi cuñada que fue secuestrada en Castelar delante de sus tres hijos”, precisó.

Por “una diferencia ideológica” en aquel momento decidieron separarse. Nillni estudiaba medicina. El 9 de octubre tenía que cursar una materia en el hospital de Melchor Romero. Inés debía pasar a buscar a su hijo. Su sorpresa fue mayor cuando volvió pasada la una de la tarde y “lo ví a Sergio en la puerta dicéndome ‘mamá no me vino a buscar’”.

Su incredulidad mayor aún. “En ese momento no se me cruzó la idea de que la habían podido secuestrar”, sostuvo este martes, 45 años después de aquella tragedia.

“Ahí fue cuando tomé a Sergio y me fui desesperado a la casa de ella. Caminé por el pasillo y vi que la puerta estaba abierta. No entendía. Empecé a tocar el timbre de toda la gente hasta que una señora mayor se acercó y me dijo ‘a la señora se la llevaron a la madrugada’… el 8 de octubre de 1976 a las 4 de la mañana según la declaracion de esa señora. Gente encapuchada. Hicieron mucho ruido. La señora dijo que a Inés la sacaron en paños menores”, relató David Nillni con la voz quebrándose y en llanto.

Días después supo que habían secuestrado también a Horacio Matoso, un compañero de estudios de medicina.

Recordó que Marta Ungaro fue la primera en presentar un Hábeas Corpus por Inés. Luego su cuñada, Marta Pedemonte y Alfredo Bravo –que sería secuestrado en 1977- presentaron otro.

En abril de 1977 se exilió en Israel. Al mes siguiente le siguió los pasos su hermano biólogo. Allí, junto con otros exiliados, crearon una Comisión de Familiares de Desaparecidos en la Argentina.

De regreso al país en 1986 concurrió a una reunión en la ciudad de Buenos Aires. Allí “se me acercó una persona de pelo largo que resultó ser Nilda Eloy. ‘Yo quiero contarte que estuve con Inés’. Ahí me corrió un escalofrío”, recordó Nillni.

Nilda Eloy “me dijo que Inés le había dicho que ‘estaba tranquila porque Sergio iba a estar en muy buenas manos y protegido’”, dijo al recordar lo que le había relatado aquella sobreviviente. También la contaron del cautiverio de Inés otros dos sobrevivientes, Nora Ungaro y Horacio Matoso.

“Cuando una persona es desaparecida forzosamente, es deportada, es trasladada, es igual que lo que hicieron los nazis y eso se llama terrorismo de Estado y es algo de lesa humanidad”, sostuvo Nillni que reclamó la restitución de las baldozas blancas de la memoria que habían sido colocadas en la entrada del edificio de IOMA con el nombre, entre otros de Inés.

El tercer testigo, Gerardo Manuel Carrizo, trabajador de la metalúrgica SAIAR, y sobreviviente del “Infierno” pidió  que su testimonio no fuera transmitido. En sus declaraciones anteriores, Carrizo contó que fue secuestrado el 30 de noviembre de 1976 y permaneció en el lugar hasta el 5 de enero de 1977. Allí compartió cautiverio con Héctor Pérez y Luis Jaramillo, también trabajadores de Saiar. También recordó a Matoso y a una mujer de La Plata, de la que no supo su nombre y que pocos días después de detención, también fueron llevados al Infierno Oscar Udabe y Javier López, a quienes conocía de su barrio y aún permanecen desaparecidos. Si bien su declaración fue dada en el año 2012, ni Udabe ni Javier López constituyen casos de este juicio.

Graciela Jurado, Inés Pedemonte y Gerardo Carrizo, forman parte de los más de 440 casos de este juicio , víctimas del terrorismo de Estado que pasaron por los llamados Pozos de Banfield, de Quilmes y “El Infierno” de Lanús, centros clandestinos de secuestro, tortura y exterminio que formaron parte del “Circuito Camps”.

El presente juicio por los delitos perpetrados en las Brigadas de la policía bonaerense de Banfield, de Quilmes y de Lanús es resultado de tres causas unificadas en la causa 737/2013 con sólo 18 imputados y con apenas dos de ellos en la cárcel, Miguel Osvaldo Etchecolatz y Jorge Di Pasquale. El resto está cómodamente en sus casas ignorando las audiencias.

El juicio oral y público comenzó el 27 de octubre de 2020 de forma virtual debido a la pandemia por Covid-19. Por esos tres CCD pasaron 442 víctimas tras el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, aunque algunas de ellas estuvieron secuestradas en la Brigada de Quilmes antes del golpe. Más de 450 testigos prestarán declaración en este juicio.

En esta etapa de juicios, que se hacen mediante plataformas virtuales en razón de la pandemia, invitamos a todes a acompañar los testimonios a través del canal de La Retaguardia TV: https://bit.ly/2T1S06P o el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria.  https://fb.watch/66cTGFRqGP/

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Reseña de la audiencia del 07 de septiembre de 2021

En la trigésimo novena audiencia del debate oral con modalidad virtual del Juicio Brigadas Banfield, Quilmes y Lanús, escuchamos la declaración testimonial de Maria Cristina Jurado, hermana de Graciela Jurado; David Horacio Nillni, quien fue pareja de Inés Pedemonte; y Gerardo Manuel Carrizo, trabajador de Saiar y sobreviviente de la Brigada de Lanús con asiento en Avellaneda, quien solicitó que no se transmitiera su testimonio.

La primera testimoniante de la jornada fue María Cristina Jurado, hermana de Graciela Jurado, desaparecida el 5 de octubre de 1976. Comenzó su relató señalando que, ante el secuestro de su hermana, instantáneamente se movilizaron: presentaron un Habeas Corpus en una Comisaría donde les dijeron que había estado allí pero ya la habían trasladado -piensa que puede haber sido en la 1era de La Plata-, y visitaron el Regimiento 7 sin noticias. Además, ella hizo sus propias denuncias y averiguaciones en la CIDH y en el Ministerio del Interior.

El 6 de octubre de 1976, el día siguiente del secuestro de Graciela, fueron a la casa de sus padres en diagonal 74, 16 y 17. La testimoniante vivía allí con su hija, porque estaba separada, la patota la confundió con su hermana y la quisieron secuestrar. La testimoniante explicó que Graciela fue marcada en la conmemoración del 2 de agosto de 1975 por la Masacre de Trelew. María Cristina explicó que en esa movilización “ficharon a varios” y fue la persecución posterior la que impulsó a Graciela a irse de la casa de sus padres y renunciar a su trabajo en el Instituto de Previsión Social. Según explicó su hermana, Graciela transitó por varios lugares hasta que alquiló una casa o departamento con Liliana Violini cuya dirección era desconocida por la familia.

María Cristina hizo una semblanza de su hermana, que al momento de su secuestro tenía 30 años: “era una persona muy íntegra. Hacía su trabajo de concientización, de militancia en el IPS. Chicos del sindicato de ATE me comentaron que ella había sido muy valorada en su trabajo”.

María Cristina contó que ese 5 de octubre en el que ocurrió el secuestro, estaba en su trabajo en el Colegio de Escribanos y una compañera dijo que “estaba contenta porque apresaron a dos guerrilleras”. En el momento, tuvo la corazonada de que se refería a su hermana Graciela. Esto lo confirmó cuando pasaron varios días sin tener noticias de ella que, aunque estaba en la clandestinidad, veía asiduamente en la calle o en un café. Todo esto cobró sentido cuando conoció las circunstancias del secuestro gracias a compañeros de su hermana que se contactaron. Al salir de la casa que compartía con Liliana Violini, personas encapuchadas bajaron de un auto y aunque Graciela trató de esconderse en una carnicería, la secuestraron. Liliana fue secuestrada al año siguiente y continúa desaparecida. A pesar de que no fue mencionado en esta declaración, es pertinente aclarar que en ese mismo operativo secuestraron a Haydeé Lampugnani, sobreviviente que testimonió en la audiencia 35 de este juicio.

Sobre las noticias que tuvieron de Graciela a lo largo del tiempo, María Cristina explicó que en La Plata se encontró con Nilda Eloy, quien le contó que compartió cautiverio con Graciela. Nilda confirmó que vivió hasta noviembre de 1976. En relación a esto, la testimoniante también relató que Graciela le había dado su número de teléfono del trabajo a una persona que había estado con ella en la Comisaría mencionada al principio: esta persona se puso en contacto con María Cristina para transmitirle el mensaje en que su hermana le aseguraba que estaba bien y que lo peor ya había pasado.

La segunda y última declaración que escuchamos en esta jornada fue la de David Horacio Nillni. Al comenzar su testimonio explicó que iba a contar la historia de Inés María Pedemonte, una militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) que fue secuestrada, privada ilegalmente de su libertad y desaparecida. Mostró una de sus fotos y dijo “no es una foto sino que es una persona que fue de carne y hueso, que sentía, que quería, que amaba, que luchaba por algo distinto”.

Inés era la hija menor de siete hermanas, casi todas maestras rurales en distintas provincias del país. Hizo sus estudios en la ciudad de La Plata, llegó a hacer unos años de la carrera de Veterinaria de la UNLP; desde los centros de estudiantes colaboraba mucho con quienes tenían dificultades con el estudio. Trabajaba en IOMA en la parte de odontología y fue delegada gremial de ATE. Inés y David se casaron en el año ‘68, vivían en Tolosa y tuvieron un hijo llamado Sergio Alejandro. En relación a la vida previa al secuestro, el testimoniante explicó que “pasó mucha gente por nuestra casa, festejabamos con los vecinos, venían nuestros compañeros de la facultad tanto de medicina como de veterinaria”. Relató que, lamentablemente ,muchos de ellos hoy están desaparecidos, fueron secuestrados o asesinados: Sergio García, compañero de Inés, Nora y Horcio Ungaro, y Josefina Pedemonte, su cuñada, que el día 10 de agosto de 1976 fue secuestrada de su casa de Castelar delante de sus tres hijos.

Por las noches no podían dormir, por los ruidos violentos, por todo lo que había sucedido con sus compañeros. David e Inés tuvieron una diferencia ideológica y decidieron comprar una nueva casa en el casco urbano de La Plata, en calle 64. David se quedó con Sergio e Inés se mudó a esa casa. El sábado 9 de octubre de 1976 Inés tenía que ir a buscar a su hijo pero nunca llegó. La fueron a buscar a su casa, encontraron la puerta abierta y una vecina les dijo que había sido secuestrada esa madrugada. El 8 de octubre de 1976 la vecina vio gente encapuchada que sacaba a Inés y se la llevaba en un auto, tenía alrededor de 35 años de edad.

David estudiaba con Horacio Matoso, y luego del secuestro de Inés se encontró con la esposa de éste para contarle lo que había sucedido. Ella, a su vez, le informó que ese mismo día había sido secuestrado Horacio. Rápidamente, Nora Ungaro por su lado y Marta Pedemonte y David Bravo por el suyo, presentaron Habeas Corpus para denunciar la desaparición de Inés. Sobre las repercusiones posteriores al secuestro explicó que a fines de abril del año 1977 tuvieron que exiliarse. Por otro lado, contó que a su hermano biólogo le negaron varios cargos en distintas universidades y también se exilió. Por supuesto, Sergio perdió a su madre y también perdieron la capacidad de hacer uso de sus bienes. “Si hicimos las cosas mal, Inés debería haber sido juzgada con garantía constitucionales. Eso se llama terrorismo de estado y es un crimen de lesa humanidad” afirmó David.

Se exilió en 1977 en Israel junto con otros familiares y formaron la Comisión de familiares de desaparecidos de la Argentina, allí armaron las primeras listas. En el año 1979 hicieron una presentación pidiendo por esas personas y recibieron una constatación banal. A principios de 1983, al embajador argentino en Israel quisieron entregarle la llave de una ciudad, desde la Comisión denunciaron las razones por las cuales este Brigadier no era un representante del pueblo argentino y no se le otorgó ese honor.

En 1984 denunciaron ante la CONADEP la desaparición de Inés. Y en 1986 regresó al país. Así se encontró con Nilda Eloy, quien le contó que compartió cautiverio con Inés. Ella le había contado a Nilda que estaba tranquila por su hijo Sergio, que sabía que estaba en buenas manos con su padre. Nilda, Nora Ungaro y Horacio Matoso le contaron las condiciones de detención que tuvieron en los distintos centros clandestinos.

En relación a las reparaciones históricas, David leyó algunas de sus notas para detallarlas cronológicamente: en 2010 lograron que se declare la desaparición forzosa; en el edificio de IOMA hay dos gigantografías en el salón principal, una pertenece a Inés Pedemonte y la otra a Beatriz Pirola de Rivelli; en la Facultad de Veterinaria hay una calle que lleva su nombre y cruza con la de su compañero de estudio, Sergio García; en 2014 se colocó la baldosa blanca de la memoria en la entrada de IOMA, hoy no está y todavía tiene que ser reparada; en el 2012 el director de cine Victor Ramos filma la película documental “Relatos de la Sombra”; en el 2014 David presentó su libro “Guerrillero y soldado: una vida entre La Plata y Beersheva” que consideró un testimonio y reivindicación de estas luchas; por último, se hizo la reparación del legajo de Inés en IOMA y fue entregado por la gente de ATE y las Madres de Plaza de Mayo.

Al finalizar su declaración David Horacio leyó su cierre: “pasaron 45 años de este hecho, la herida no está cerrada (…) Yo hablé de reparación histórica e individual pero también hay para el colectivo, que es primordial. Hoy declaré como testigo de la desaparición forzada de Inés María Pedemonte, espero que mi alegato no quede en el olvido, mi intención es mantener vivo el mensaje de muchos de los desaparecidos, soñando con un mundo mejor (…).

Próxima audiencia: martes 7 de septiembre 9:00 hs

 

El 7 de septiembre a la 9:00 hs continúan las audiencias. Declararán Maria Cristina Jurado, hermana de Graciela Jurado, David Nillni quien fue pareja de Inés Pedemonte y Gerardo Manuel Carrizo, trabajador de Saiar y sobreviviente de la Brigada de Lanus con asiento en Avellaneda.

Las fotos del flyer corresponden a Luis Jaramilo, Graciela Jurado e Ines Pedemonte, casos de este juico.

En esta etapa de juicios, que se hacen mediante plataformas virtuales en razón de la pandemia, invitamos a todes a acompañar los testimonios a través del canal de La Retaguardia TV: https://bit.ly/2T1S06P o el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria.  https://fb.watch/66cTGFRqGP/
Más información en el blog del Programa de Apoyo a Juicios de la UNLP https://bit.ly/3coDVqV.

Reseña de la audiencia del 31 de agosto de 2021

AUDIENCIA 038 – 31 DE AGOSTO DE 2021

En la trigésimo octava audiencia del debate oral con modalidad virtual del Juicio Brigadas Banfield, Quilmes y Lanús, escuchamos la declaración testimonial de Lautaro Lafleur, Laura Lafleur y Patricia Eva Rinderknechet.

El primer testimonio de la jornada fue el de Lautaro Lafleur, hijo de Gustavo Horacio Lafleur Picarel, militante peronista, perteneciente a la organización Montoneros. Gustavo fue secuestrado el 10 de noviembre de 1976, de su casa en Calle Merlo 470 de la localidad de Castelar. Al momento del secuestro de su padre, Lautaro tenía 6 años; esa noche, lo encerraron en su habitación junto a su madre, Elena Lapin, y su hermana de 2 años.

Gracias al testimonio de Horacio Matoso supieron que Gustavo estuvo en la Brigada de Investigaciones de San Justo y en Avellaneda, en la Brigada de Lanús. Según relató Lautaro, toda la información que lograron recabar a lo largo de los años, surge de la declaración de este sobreviviente.

La Querella de Justicia Ya La Plata, le consultó por el apodo de su papá y explicó que le decían “Tato”. También le preguntaron por la vida después del impacto del terrorismo de estado y, según expuso, los años que siguieron fueron difíciles de explicar: “Fue crecer sin mi padre”.

El segundo testimonio de la audiencia fue el de Laura Lafleur, hija menor de Gustavo Horacio Lafleur, quien estuvo detenido en el centro clandestino El Infierno, o la Brigada de Investigaciones de Lanús y continúa desaparecido. Era conocido por muchos como “Tato” o “Chicho”. Al momento de su desaparición tenía 32 años y era de los “mayores” en el ámbito de la militancia. Desde su juventud había militado en el peronismo y en 1976 formaba parte de Montoneros. “Lo que más le gustaba era la política. El clima de época también era ese tipo de lucha, la lucha armada”. Laura también detalló que Gustavo era maestro mayor de obras, además como parte de la militancia trabajó como obrero de una fábrica. 

Ella tenía 2 años cuando secuestraron a su papá de su casa en Castelar. Relató que para el 10 de noviembre de 1976 la familia había regresado a su hogar después de unos días de ocultarse, porque habían secuestrado a varios compañeros de su papá. Sobre esa noche detalló que un grupo de personas armadas irrumpió en la casa y los encerraron durante varias horas, a su hermano y a ella, en la pieza donde dormían. A su mamá la dejaban entrar cada tanto. A su padre se lo llevaron y no supieron nada más en todo ese tiempo. 

Luego de esa situación, se fueron a vivir a la casa de sus abuelos, mientras su mamá trataba de conseguir información y buscaba a su padre. Todo lo que pudieron reconstruir fue gracias a los testimonios de los sobrevivientes, en particular de Horacio Matoso y de Nilda Eloy. Matoso les contó que Gustavo llegó a “El Infierno” con un grupo de detenidos que venían de la Brigada de San Justo: Rizzo, Jaramillo, Chidichimo, entre otros. En esas declaraciones Horacio Matoso también detalla las terribles condiciones de detención. Otra información que recibieron de un ex detenido cuando viajaron a Europa en 1979 fue que finalmente Gustavo había sido asesinado.

La testimoniante consideró que lo que más podía aportar es lo que le generó todo este relato de la ausencia del padre: “Yo era muy chiquita, casi no tengo recuerdos pero se genera un vínculo afectivo. Para alguien de dos años es muy difícil de explicar que alguien desaparece”. Es decir, los hijos y las hijas aportan con su testimonio la experiencia de cómo vivieron esa ausencia inexplicable, el no poder tener una explicación, un cierre, una despedida. Recién a sus 30 años pudo empezar a conectarse con lo que significó tener un padre desaparecido y empezó a preguntarse qué había pasado: “Espero saber qué pasó, cómo vivió sus últimos meses de vida, cómo se murió, dónde está su cuerpo, qué pasó. Esto es lo que espero cuando doy mi testimonio, cuando vengo a un juicio como este”.

A partir de las preguntas de la fiscalía explicó que uno de los compañeros que detuvieron antes que a su padre le decían el “Gordo” Luis y aún continúa desaparecido. También detalló que su mamá y sus abuelos hicieron varios Habeas Corpus. Su abuela paterna incluso le escribió a Videla; resaltó que ella tuvo una vida muy difícil, fue parte de Madres de Plaza de Mayo, pero tuvo que dejar su militancia. Por otro lado, su mamá falleció el año pasado, pero hasta ese momento declaró varias veces y militó en la búsqueda de Gustavo. Ella tuvo un encuentro con Horacio Matoso. Siempre estuvo en contacto con los familiares.

A raíz de la pregunta sobre cómo fue su vida desde ese momento la testimoniante dijo: “El recuerdo que yo tengo es ser como rara, porque no tenía papá”. Con la democracia, tenía la fantasía de que su padre la iba a ir a buscar a la salida de la escuela. Para ella era difícil “cuando había que completar en un formulario “Ocupación del padre” yo ponía “desaparecido”. Era como una bomba de humo”. Cuando quiso ser madre, fue cuando pudo preguntarse y hacer el duelo por la desaparición de su papá. Expresó que estos juicios son importantes para ese proceso de duelo de las personas “que quedamos”, y a su vez la importancia de que puedan participar los hijos en estos procesos. Al finalizar su testimonio mostró el pañuelo que fue de su abuela, y pidió “que se haga justicia”. 

El tercer testimonio de la audiencia fue el de Patricia Eva Rinderknechet. Ella nació en Uruguay y, luego del golpe de 1973 en su país, se exilió en Argentina por la persecución que recibieron las organizaciones estudiantiles donde militaba. En este país trabajó en Emaús, una fundación social católica -no de la Iglesia- con distintos proyectos de beneficencia. Allí se desempeñó como ayudante de Liliana Corina Yoli, a quien todos conocían como Corina; una asistente social de General Rodríguez, muy cerca de Luján. Al darse cuenta que no iba a poder volver a Uruguay, revalidó su título secundario y comenzó a estudiar en un profesorado de enseñanza primaria en Capital Federal. Vivía con otres compañeres uruguayes en Ituzaingó pero Corina la invitó a vivir con ella en un departamento que era de sus padres para que le resulte más fácil estudiar y trabajar en Capital. Eran muy cercanas, no solo se llevaban bien sino que Patricia conocía y frecuentaba a su familia. Patricia tenía 22 años y Corina 30.

El 24 de agosto de 1976, volvió al departamento que compartía con Corina en Arenales al 2800 a las 9 de la noche y no bien abrió la puerta se le tiraron encima, la golpearon y le cubrieron la cabeza. Allí ya se encontraba Corina, las pusieron juntas contra una pared. Eran al menos seis, las insultaron e interrogaron durante horas mientras destruyeron la casa, les preguntaron por “Cora” pero en su momento Patricia no sabía de qué estaban hablando. En un momento llegó otro amigo de Corina, Rubén Calatayud, y lo retuvieron junto con ellas. 

Cerca de la medianoche los sacaron a los tres del departamento y los metieron en un auto con las cabezas entre las piernas. El viaje no fue de más de una hora pero sintieron que estaban saliendo del centro de la ciudad; al llegar no había ruidos, ni movimientos urbanos y sintieron “olor a campo”. Escucharon golpes de algo metálico contra lo que parecía ser una cadena y pudieron identificar que estaban abriendo un portón. A Patricia la metieron en un baúl durante horas con las manos fuertemente atadas detrás de la espalda. En un momento escuchó gritos y era Rubén que también lo habían encerrado en el baúl de otro auto y gritaba que se asfixiaba. Pasadas las horas la sacaron de ahí y la llevaron a una casa, “estaba bastante tranquilo el ambiente”, allí la sometieron a tormentos, amenazas e interrogatorios en relación a su militancia y a “quiénes conocía”. “Yo tenía mucho miedo pero por suerte no sabía nada (…) no tenía ninguna información para dar porque no conocía la militancia de Corina”. La pregunta más importante que le quedó grabada fue “¿dónde está Cora?”. En la puerta pudo ver a alguien, que cree recordar que tenía uniforme de policía y un arma larga.

Al día siguiente la sentaron en un sillón en otra habitación donde llevaron también a Corina. Le dijeron “Vos uruguaya, ceba mate” y le quitaron lo que le cubría la cabeza. Así fue como pudo ver a quien le había hablado: un señor de unos cuarenta años, muy arreglado, el cual le dio la impresión de ser militar y no policía. Esta persona se sentó atrás de Corina para interrogarla, no la sometieron a torturas en ese momento pero estuvieron mucho tiempo. Según explicó Patricia, se notaba que el hombre tenía información, la trataba de manera muy despectiva y Corina le respondía, incluso discutía. Las preguntas eran sobre su militancia previa al 74, en Rodriguez, antes de que se mudara a Capital; ella había tenido una militancia peronista muy activa en ese lugar. En ese momento la acusaron de que en los campamentos que hacía el Emaús con estudiantes secundarios en el interior del país, estaban adoctrinando guerrilleros, “les lavaban el cerebro e inculcaban ideas subversivas”.

En un momento alguien gritó que no había agua y le respondieron que en esa zona no había agua corriente, que tenía que buscar el motor que activaba la bomba para sacarla del pozo. Eso le dio la pauta a Patricia de que estaban en una zona alejada, de casas quintas, casas vacías de fin de semana. Le pareció que la habían “tomado” hacía poco porque no la conocían bien y reconoció que era una casa “buena”. En otra ocasión la llevaron al baño y también le destaparon los ojos, pudo ver a un muchacho joven, que le pareció de clase media alta, acomodada, llevaba un gamulán y tenía ojos claros. Esos agentes que estaban en la casa, estaban todos de civil.

Alrededor de las siete de la tarde de ese 25 de agosto, las subieron nuevamente a unos autos, todos particulares aunque cree recordar que era un Falcon, y sintieron que las trasladaron por unas calles de tierra durante 10 o 15 minutos. Cuando frenaron la empujaron a Patricia del auto y sintió que de otro auto empujaron a alguien más: era Rubén. Les tiraron sus documentos y algo de plata y les advirtieron que esperaran para irse. Cuando sintieron completa calma empezaron a caminar, trataron de identificar alguna casa pero no encontraron ninguna. Era un descampado con muchos árboles y a lo lejos pudieron ver una ruta. Allí encontraron una parada de colectivo y cuando preguntaron dónde estaban les dijeron que era la ruta 202 que conecta San Miguel de Moreno.

Se tomó un micro a Moreno y de allí se subió al tren hasta la casa de sus amigos uruguayos. Enseguida se contactó con la familia de Corina y así se enteró que la habían ido a buscar primero a General Rodriguez. Presionaron a los padres hasta que confesaron su dirección y, a pesar de que les habían ordenado permanecer en la casa, el hermano mayor de Corina que era abogado, Juan Carlos Jolie, partió para Buenos Aires a avisarles. Cuando llegó ya los habían llevado pero todavía había agentes y a él lo dejaron encerrado en el baño. Cuando los vecinos lo sacaron, Juan Carlos se enteró de los detalles del operativo por los testimonios del portero y otros testigos.

Juan Carlos presentó un Habeas Corpus y alrededor del 10 de septiembre de ese mismo año Corina apareció. Contó que la habían liberado por la zona de Dock Sud junto a su amigo Eduardo Cora, la persona por la que le habían preguntado sin cesar a Patricia. Corina también detalló las condiciones severas y tortuosas de los 15 días del cautiverio. Supieron donde estaban porque pasaba un avioncito promocionando un circo de la zona sur, en Avellaneda. A raíz de las declaraciones en este juicio pudo confirmar que ese lugar era la Brigada de Investigaciones de Lanús con asiento en Avellaneda, El Infierno.

Sobre las consecuencias del secuestro en sus vidas, Patricia explicó que tuvieron muchos momentos de pánico. Ella no pudo volver al departamento de Arenales y Corina se sentía perseguida, en la calle siempre tomaba rutas extrañas, la habían amenazado para que no vuelva a Rodriguez por lo que visitar a su familia se volvía muy complicado y la policía se quedó con su auto. Sin embargo, de a poco fueron reconstruyendo sus vidas, cuando Patricia se casó con su compañero Hernán, Corina fue su testigo; durante la audiencia mostró una foto de ese día, resaltando que para el afuera Corina “siempre se mostró muy alegre”.

Patricia quiso dejar asentado que su secuestro tuvo que ver con la búsqueda y persecución de Corina, y en particular relacionó su testimonio con la reconstrucción de las historias de las víctimas de General Rodríguez. Explicó que Corina falleció hace varios años a causa de un cáncer muy difícil y que ella nunca había testimoniado. Quien sí había declarado ante la Conadep fue Eduardo Cora, que afirmó que el 25 de agosto cuando lo secuestraron junto a su esposa, Corina estaba en el baúl del auto en el que se los llevaron.

Por solicitud de las querellas amplió la información que tenía sobre Eduardo y Rubén. El primero se fue a vivir a Neuquén junto con su esposa durante varios años. El segundo era cura y luego del secuestro volvió con los misioneros vicentinos y trabajó en un colegio en Escobar pero luego se perdieron el rastro.

Al final de su testimonio Patricia recordó a Corina como una persona muy activa y creativa. Con ella fue sumamente solidaria al invitarla a vivir a su casa y claro que tiene un gran recuerdo de ella. En relación a su vida después del secuestro Patricia contó que fue docente durante 30 años y nunca dejó de participar en Derechos Humanos: “es muy importante que no haya impunidad, que se sepa la verdad (…) que todo el pueblo sepa su destino y que los que hicieron estas cosas sean castigados”. Agradeció a quienes hacen posible estos procesos de justicia, los organismos, a todos los testigos y a la sociedad.

Cobertura de la audiencia del 31 de agosto de 2021

“Cuando en la escuela te preguntaban ocupación del padre, yo ponía desaparecido”

Laura Lafleur esperaba que con la vuelta de la democracia en 1984, también regresara su padre, Gustavo Lafleur, secuestrado en noviembre del 76. Por testimonios supieron que estuvo secuestrado en “El Infierno” de Lanús. Allí también estuvo Corina Yoli, trabajadora social de la Fundación Emaús.

Por Gabriela Calotti

“Soy la hija de Gustavo Lafleur, quien fue detenido y desaparecido y visto en el centro clandestino de detención de la Brigada de Lanús conocido como “El Infierno””, afirmó el martes Laura Lafleur ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata que lleva adelante desde octubre del 2020 el Juicio por los delitos de lesa humanidad perpetrados en las Brigadas de Banfield, de Quilmes y de Lanús, ésta última con asiento en Avellaneda.

Aunque tenía dos años cuando un comando armado irrumpió en su casa de Castelar y secuestró a su papá, Laura pudo reconstruir lo sucedido aquella madrugada y meses después gracias a los relatos de su madre, Helena Alapín, fallecida el año pasado, de su hermano, Lautaro, cuatro años mayor que ella y de sobrevivientes del genocidio.

Después de permanecer varias horas en su casa, la madrugada del 10 de noviembre de 1976, esos hombres armados se llevaron a su papá, que tenía 32 años, y militaba en la organización Montoneros.

A través de testimonios de sobrevivientes, como Horacio Matoso y Nilda Eloy, pudo saber que su papá “fue visto en la Brigada de San Justo y luego en ‘El Infierno’ de Lanús, aseguró esta mujer con voz pausada y una angustia creciente.

“Matoso cuenta que mi papá llega al Infierno junto con un grupo de detenidos que venían de la Brigada de San Justo (como) José Rizzo, Dario Chidichimo y un tal Jaramillo”, refirió Laura Lafleur.

Vivir con la ausencia

“Quizás en lo que puedo más aportar yo en ese sentido es lo que a mí me genera todo este relato de la ausencia de mi papá. Yo era muy chiquita. No tengo recuerdos de mi papá (…) es muy difícil explicar a alguien de dos años que alguien desaparece de golpe”, explicó de forma virtual al Tribunal integrado por los jueces Ricardo Basílico, Esteban Rodriguez Eggers, Walter Venditi y Fernando Canero.

“En ese momento, de muy chiquita, el recuerdo que yo tengo es ser como rara porque no tenía papá. Luego con el advenimiento de la democracia, a pesar de que mi mamá nos había dicho de que a mi papá lo habían matado, yo tenía la fantasía de que mi papá viniera a buscarme a la escuela hacia el 84… tenía miedo de no reconocerlo (…) o cuando te preguntaban ocupación del padre, yo ponía desaparecido”, relató.

A partir de los 30 años pudo empezar a preguntarse qué significaba para ella que su papá “fuera un desaparecido”. Y es en el marco de ese proceso personal, emocional y familiar que confió en que su testimonio les permita saber “qué pasó, en qué condiciones vivió sus últimos meses, cómo murió y dónde está su cuerpo”, sostuvo.

A su papá le decían “Tato” o “Chicho”. “Desde su juventud había militado en el peronismo, en la Juventud Peronista Revolucionaria junto a Gustavo Rearte, con quien fue a Cuba y a fines de los 60 empieza a integrar un grupo junto a Sabino Navarro, ese grupo luego se juntaron y formaron la agrupación Montoneros”, precisó su hija al hacer un retrato de su padre.

Era maestro mayor de obras pero en el momento de su secuestro trabajaba en una fábrica metalúrgica de La Matanza, donde también tenía actividades sindicales.

Tras su secuestro presentaron varios Hábeas Corpus. Su abuela paterna le escribió inclusive al dictador Jorge Rafael Videla con la esperanza de que algo le dijeran sobre su hijo, pero todo fue en vano.

“Esperemos que se haga justicia y que los responsables de infligir tanta tortura y tanto sufrimiento, tengan su justa condena”, confió Laura Lafleur, antes de mostrar el pañuelo de Madres de Plaza de Mayo que era de su abuela.

Lautaro Lafleur, tenía seis años cuando secuestraron a su padre. Su relato, más breve que el de su hermana, completó la descripción de aquel allanamiento durante el cual los obligaron a permanecer en su dormitorio.

El y su hermana dieron muestras de sangre al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) a la espera de que en el algún momento sean encontrados los restos de su papá.

“No sé muy bien cómo dimensionar esas consecuencias. Básicamente fue crecer sin mi padre”, respondió cuando una de las abogadas querellantes le preguntó acerca de cómo fue su vida tras el secuestro de su progenitor.

El trabajo social, blanco de la represión

Patricia Eva Rinderknechet tenía 22 años en 1976. Había llegado a la Argentina tras el golpe de Estado en Uruguay en 1973, donde participaba en actividades sociales, militancia estudiantil y con la Iglesia.

Aquí encontró trabajo en la Fundación Emaús, impulsada por el Abbé Pierre en Francia tras la Segunda Guerra Mundial para socorrer a la población más desfavorecida. En la Argentina impulsaban proyectos en el interior del país y en el Conurbano.

Allí conoció a Liliana Corina Yoli, una trabajadora social oriunda de General Rodríguez, de 30 años de edad, que la sumó para trabajar con grupos de jóvenes en Santiago del Estero como voluntarios en zonas de extrema pobreza.

Patricia recordó el martes con mucha admiración el trabajo que llevaba adelante Corina, como por ejemplo lograr la formación de una cooperativa de ladrilleros en San Andrés de Giles financiada por la asociación Emaus.

“Corina era muy activa, tenía muchas iniciativas”, aseguró al Tribunal esta mujer a quien Corina le ofreció albergue en su departamento de Capital Federal para que pudiera estudiar magisterio y seguir trabajando en Emaus Constitución.

“El 24 de agosto del 76 yo estaba volviendo al departamento a eso de las nueve de la noche. Abro con mi llave y al abrir veo que estaba todo oscuro. Enseguida se me tiran encima, me golpean y cuando me levantan tenía la cabeza tapada. Temblaba como una hoja”, así comenzó el relato de Patricia sobre la noche en que un comando de unos seis hombres las secuestran a ella, a Corina y a otro amigo, Rubén Calatayud.

En un momento le sacaron la cartera, vieron su documento. “Me dicen que era tupamara. Me encuentran la foto de mi novio que era chileno. Me preguntaban si era del MIR 19… una mezcla del MIR chileno y del M19 de Colombia”, agregó.

En varios autos los llevaron a una zona fuera de la ciudad. “Había olor a pasto”. Ella piensa que era una casa quinta ocupada.

Allí fue torturada con picana y con un cigarrillo encendido. “Yo tenía mucho miedo pero no conocía nada. Yo sabía que Corina era peronista pero para mí ella no participaba en Montoneros”, aseguró.

Patricia Eva relató que horas después la obligaron a cebar mate y a presenciar el interrogatorio al que un hombre “muy bien arreglado” de “unos 35 ó 40 años” “que para mí era del Ejército” y estaba vestido de civil, sometió a Corina en la misma cama metálica.

Ese “oficial la acusa de que en estos campamentos a donde llevaban chicos jóvenes, los estaban convirtiendo en guerrilleros de Montoneros y del ERP”, indicó al recordar aquel episodio.

Al día siguiente, ya 25 de agosto, a ella y a Rubén, según se dio cuenta después, los llevaron en auto hasta una zona descampada cercana a la ruta 202 entre San Miguel y Moreno.

“Al otro día fui a ver a la familia de Corina y me cuentan que primero habían ido a buscarla a General Rodríguez”.

“A los 15 días, por el 10 de septiembre, la sueltan a Corina. Cuenta que la habían liberado en una zona de Dock Sud, junto a su amigo Eduardo Cora y la señora de Eduardo que se llamaba Gladys Yolanda Rodríguez. Que habían estado 15 días secuestrados en condiciones muy severas.  Que sabían donde estaban porque pasaba un avioncito que promocionaba un circo de la zona sur”, explicó antes de afirmar que por testimonios en este juicio “supe que todos ellos estuvieron en ‘El Infierno’”.

Corina falleció años después de un cáncer, sin haber contado lo que le había pasado, ni a la Conadep, ni a la justicia, contó Patricia Eva en su primera declaración en un juicio por delitos de lesa humanidad.

El presente juicio por los delitos perpetrados en las Brigadas de la policía bonaerense de Banfield, de Quilmes y de Lanús es resultado de tres causas unificadas en la causa 737 con sólo 18 imputados y con apenas dos de ellos en la cárcel, Miguel Osvaldo Etchecolatz y Jorge Di Pasquale. El resto está cómodamente en sus casas.

El juicio oral y público comenzó el 27 de octubre de 2020 de forma virtual debido a la pandemia por Covid-19. Por esos tres CCD pasaron 442 víctimas tras el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, aunque algunas de ellas estuvieron secuestradas en la Brigada de Quilmes antes del golpe. Más de 450 testigos prestarán declaración en este juicio.

Próxima audiencia: martes 31 de agosto 9:00 hs

 

El 31 de agosto a la 9:00 hs continúan las audiencias. Declararán Lautaro Lafleur, Laura Lafleur y Patricia Eva Rinderknechet

Las fotos del flyer corresponden a Gustavo Lafleur detenido-desaparecido caso de este juicio, la entrada del CCD El infierno y el ingreso del edificio de la justicia federal en La Plata.

En esta etapa de juicios, que se hacen mediante plataformas virtuales en razón de la pandemia, invitamos a todes a acompañar los testimonios a través del canal de La Retaguardia TV: https://bit.ly/2T1S06P o el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria.  https://fb.watch/66cTGFRqGP/
Más información en el blog del Programa de Apoyo a Juicios de la UNLP https://bit.ly/3coDVqV.

Reseña de la audiencia del 24 de agosto de 2021

AUDIENCIA 037 – 24 DE AGOSTO DE 2021

En la trigésimo séptima audiencia del debate oral con modalidad virtual del Juicio Brigadas Banfield, Quilmes y Lanús, escuchamos la declaración testimonial de Florencia Chidichimo y Cristina del Río, familiares de Ricardo Chidichimo, detenido-desaparecido caso en este juicio y la de Rubén Ares.

La primera testimoniante de la jornada fue Florencia Chidichimo, hija de Ricardo Darío Chidichimo, secuestrado y desaparecido el 20 de noviembre de 1976. “Quiero decir que estoy aquí como testigo porque a mi padre lo han secuestrado y lo han asesinado por militar políticamente, no por otra cuestión, ni por casualidad”. La testimoniante hizo hincapié en que, considerando que a 45 años del secuestro aún no tienen el cuerpo, debería aparecer la figura de homicidio de por medio.

Ricardo empezó su militancia en la Iglesia del Tercer Mundo, fue militante de la Juventud Universitaria Peronista y de Montoneros. Era meteorólogo, trabajaba en el Servicio Meteorológico Nacional y fue un referente importante de la Facultad de Exactas de la UBA. Cuando terminó sus estudios comenzó a militar en La Matanza en la rama política de Montoneros, estaba al mando del Partido Auténtico. La madre de Florencia, Cristina del Río, era trabajadora municipal de La Matanza, y militante de la Juventud Trabajadora Peronista.

Entre el 17 y el 20 de noviembre, en un operativo conjunto para descabezar la militancia de la región, fueron secuestrados Lafleur, Galeano, Rizzo, Jorge Congett “El Abuelo” y Ricardo Dario Chidichimo. La madrugada del 20 Cristina y Ricardo volvieron de un casamiento y se fueron a dormir. Escucharon ruidos y entró a su casa una patota armada: los golpearon, a Ricardo lo secuestraron, a Cristina la manosearon y discutieron si a ella también debían llevársela pero finalmente la dejaron allí, solo con plata para el colectivo. Allí empezó la búsqueda. Ellas se fueron a vivir a lo de su abuela materna y a Cristina la obligaron a renunciar de su cargo en La Matanza. Allí había creado el gabinete psicopedagógico pero tuvo que empezar de cero trabajando en los listados. Había desaparecido Ricardo, materialmente se quedaron sin su sueldo y tres meses después sin el sueldo de Cristina, sin casa a donde volver, perseguidas, la propia gente conocida les tenía miedo. “Eso sí lo lograron, lograron que sintamos estas cosas, pero no separarnos o callarnos. Y si, la justicia tarda, pero llega. Podría pedir perdón por la tardanza”.

Florencia calificó la búsqueda como “tortuosa”. Explicó que sus abuelos y su madre iban consiguiendo reuniones con distintas personas para averiguar algo sobre Ricardo. Una fue en Campo de Mayo, otra con Monseñor Graselli. Sobre este último señaló que pasados los años fue a buscar un informe de esta reunión donde aparecen unos números que señalan los grupos de tarea que participaron en los secuestros; el de su padre coincide con el de Jorge Congett, secuestrado el mismo 20 de noviembre, solo unas horas antes. “Me parece significativo esto. Porque es bastante críptico pero demuestra que era un plan sistemático”. Recordó a “El Abuelo”, Congett, un militante de La Matanza con más experiencia de quien sus padres aprendieron mucho pero con el cual también cultivaron una profunda amistad: “La militancia también estaba llena de afecto”.

Cristina, su madre, es la primera que empieza la búsqueda hacia afuera. Su abuela paterna, Nélida Fiordeliza de Chidichimo “Quita”, también comenzó a hacerlo y fue una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo. Iban asiduamente a la Iglesia Santa Cruz, conocieron a Astiz e incluso estuvieron el día que secuestraron a las Madres. Su abuela fue una de las pocas sobrevivientes de ese día y vio cómo se las llevaron, supo que Astiz las marcó con un beso, pudo declarar sobre esto y en el Juicio a las Juntas le gritó “Judas”. En una charla entre Cristina y Astiz, la madre de Florencia advirtió algo raro cuando él le preguntó si su marido “estaba en la joda” y le afirmó que estaban “todos muertos”. Cristina reconoció el uso de una jerga militar y no entendía cómo podía asegurar sus muertes cuando ellos reclamaban “la aparición con vida”.

En relación a la búsqueda y los datos que iban apareciendo “salieron dos informaciones desde adentro”, desde los centros clandestinos. La primera vez, alguien se acercó a la casa de su abuela, se entrevistó con Cristina y le dijo que Ricardo estaba bien pero que “se muevan rápido porque va a haber un indulto para fin de año”. En ese momento Cristina imaginaba que era un compañero pero en realidad  era otro militar, un represor, “El rubio” o “El rugbier”. Esto pudieron confirmarlo años después cuando Claudia Congett lo reconoció en el juicio de la Brigada de San Justo como parte de la patota que entró a su casa en la noche del secuestro de su padre, Jorge Congett. En ese mismo juicio Cristina lo reconoció en fotos como quien había visitado su casa.

La segunda vez fue en Zona Sur y no en Ramos Mejía. Un señor, al parecer el papá de uno de los liberados, se acercó a su tía en una plaza y le dijo que no dejen de buscar a Ricardo, que estaba en el peor lugar posible. Con el tiempo y gracias a los testimonios de sobrevivientes se enteraron que el último lugar donde lo vieron fue la Brigada de Investigaciones de Lanús, El Infierno. En su momento este primer dato de la zona los desconcertó mucho porque lo habían buscado por Zona Oeste -por eso habían ido a Campos de Mayo-, no entendían cómo había terminado en Zona Sur.

“Me acuerdo tener 15 años y estar explicándole a chicos de mi edad que era un desaparecido, y estamos hablando del año 91 o 92, había terminado hacia rato la dictadura. No era fácil decir que tu papá era desaparecido, tampoco fue fácil digerirlo, años de terapia. A los 3 años fui a terapia por primera vez, a los 8 volví por terrores nocturnos porque pensaba que un señor malo iba a entrar por la ventana. A los 18 volví, por supuesto (…) Si es difícil digerir un duelo, ni se imaginan poder transitar un duelo sin cuerpo, con perversión, con tortura, sobre una persona que lo que hizo fue militar políticamente” explicó Florencia.

Recordó que siempre estuvieron ahí, los actos, las inauguraciones:  “yo lo que tengo de recuerdo de los 24 de marzo son piernas, veía piernas y una foto a alta con la cara de mi papá. Piernas que caminaban y no dejaban de caminar, inquietas, buscando Memoria, Verdad y Justicia”. Un año su abuela fue a Exactas y pidió el analítico de su hijo, desde la Facultad le entregaron el título en un acto público. En ese contexto, en el 2006, Norita Cortiñas le dijo que tenía que leer la declaración de Nilda Eloy, porque fue la última persona que lo vio a Ricardo en “El Infierno”.

Florencia leyó la declaración de Nilda y encontró la mención que hace de su papá; este dato confirma lo que decía el certificado de defunción -de desaparición forzada- que ella retiró en los ‘90 de la secretaría de Derechos Humanos de la Nación y es que el último lugar donde vieron a Ricardo fue en El Infierno: “Una nueva capa de verdad aparece. El certificado lo fui a buscar en el 91 y la declaración la lei en el 2006, así se fueron armando las cosas en el tiempo, con estos tiempos. Y una familia que nunca dejó de estar comprometida con la causa, imagínense las familias que no pueden comprometerse con esta búsqueda, por las razones que sean”.

En un viaje que hizo por Venezuela se cruzó un compañero de HIJOS que le dijo “Raúl Cubas te está buscando”. “Ahí me enteré del último año de militancia de mi padre que mi madre no conocía porque habían acordado que como estaba embarazada no le iba a contar nada (…) Traer imágenes de alguna parte de mi papá es como armar un rompecabezas, calculo que con todos los muertos debe ser así pero con un desaparecido es más difícil armar la foto entera”.

Fue a la Comisión Provincial por la Memoria, en La Plata, a buscar el expediente de su papá en el archivo de la DIPPBA. Allí obran los Habeas Corpus que presentaron. Fue con su compañera Mariana Perez y ahí se encontraron con Nilda de casualidad. “Ahí que todavía nos podíamos abrazar nos dimos un abrazo, un abrazo (…) estuvimos una hora paradas hablando, paradas, ni siquiera nos fuimos a un café. Ahí entendí un montón de cosas”. Lo primero que Nilda le dijo es que durante su cautiverio en El Infierno llegó un grupo grande de San Justo con su papá, Congett, Galeano, Rizzo y Lafleur. Ella no estaba en la misma celda que ellos. “Ahora, recién en el 2011 empezaba a entender que el camino había sido San Justo y después El Infierno. Nilda me dijo algo clave: ‘El Infierno era un lugar de destino final’. Y destino final significa que los asesinaban (…) y se encargaron también de esconder esos cuerpos lo más que pudieron, porque todos sabemos que sin cuerpo es mucho más difícil comprobar un homicidio. Con alevosía y premeditación, porque este fue un plan sistemático, organizado” aseveró Florencia. Nilda le contó detalles de ese lugar: “mi papá a través de una claraboya que había todos los días daba el parte meteorológico y otro compañero que era cocinero decía recetas”, no comían ni bebían, juntaban agua en un zapato, había una pila de ropa y los hacían vestirse con eso cuando se los llevaban. “Que pena que Nilda no está” afirmó la testimoniante con tristeza.

Otra cosa que la testimoniante quiso agregar es que, en el 2019, como Ricardo era hincha de Banfield hicieron una conmemoración desde el club: “los 11 por la memoria”. Le restituyeron la calidad de socio y en un acto les entregaron su carnet. La fiscalía le pidió un par de precisiones. Allí Florencia aclaró que la noche del secuestro ella no estaba en la casa porque como venían de un casamiento se había quedado en lo de su abuela materna. Una parte de la querella le preguntó si el padre tenía algún apodo en la militancia y Florencia dijo que si: “Ricky” y “Alejandro”.

Al cerrar su declaración Florencia dijo que le parece importante estar acá después de 45 años: “quiero volver a repetir que son militantes, son 30.000, les pido que sea la máxima pena para estas personas y que sigamos haciendo justicia porque esto es solo la punta del iceberg, no son solo militares, sino civiles, también de parte de la Iglesia. Sigamos trabajando en pos de la justicia y de develar lo que quisieron tapar, abran los archivos. Y busco, busco y no encuentro. Busco en el olor a café con leche, en la sonrisa de su hija que no es más que la suya. Busco en los rincones del recuerdo que resisten al olvido. Olvido feroz que acecha este mundo ciego y cansado. Busco verdades de otros porque las mías, no las tengo”. 

A continuación, declaró Cristina del Río, quien fue esposa de Ricardo Chidichimo y testigo presencial de su secuestro. Comenzó relatando el día del operativo el 20 de noviembre de 1976. Estaban durmiendo en su casa de Ramos Mejía, en calle  Garay 319 y escucharon ruidos, habían vuelto de un casamiento por lo que les costó despertarse. Trataron de salir por el patio pero los atraparon cayendo desde el techo. Cuando lograron forzar la puerta de entrada, se tiraron encima de ella con una manta al grito de “no nos mires, no nos mires”. “Encontraron nuestros recibos de sueldo, yo trabajaba desde los 17 años en el municipio de la Matanza y él en el Servicio Meteorológico Nacional, encontraron la libreta de matrimonio y se sorprenden “estos son legales” dicen”. A ella la interrogó solo una persona, nunca le vio la cara, la maltrató y manoseo. Ambos venían de familias peronistas y tenían familiares que eran o habían sido militares.

Eran entre 10 y 15 personas vestidas de civil y fuertemente armadas, les robaron todo. Por su lenguaje y su expresión, por una arenga que Cristina reconoció como claramente militar, está convencida que era personal, tal vez oficiales, del Ejército. Esto lo comprobó cuando, a los meses del secuestro y mientras trabajaba en una guardería, apareció un oficial para avisar que estaban haciendo un operativo afuera y Cristina pudo reconocerlo como quien la había interrogado la noche del secuestro solo que esta vez estaba uniformado. Esa noche del 20 de noviembre, mientras se llevaban a Ricardo, le dijeron que se quedara media hora y se fuera de la casa. Fue a lo de su hermana y rápidamente visitó a su hermano en el Regimiento de Ciudadela para pedirle ayuda, pero este le dijo que él también estaba siendo investigado.

Cristina aseguró que ambas familias se han movido mucho en búsqueda de información. En una oportunidad su hermano mayor le organizó una reunión con un oficial de inteligencia que se presentó como el Teniente Primero Bravo de Ciudadela. Se encontraron en su antigua casa, en la que luego del secuestro ya no vivían, y le preguntó si su marido militaba y ella le contó que sí, primero en la JUP de Exactas de la UBA donde era referente y luego en el Partido Auténtico en La Matanza. Este señor labró un acta con su declaración y le dijo que su marido al momento estaba vivo pero que no podía darle más información.

Su madre y su hermana se encontraron con Monseñor Graselli, vicario castrense, que les dio una hoja con nombres y cruces rojas diciéndoles que si lo encontraban en esa lista estaba muerto. Su suegra presentó dos Habeas Corpus. Su suegro se puso en conexión con varias personas, tratando de organizar reuniones. En una oportunidad lo extorsionaron por dinero, vendió el auto para tener la plata pero nunca les dieron ninguna información. Quien estaba a cargo de La Tablada, Rearte, aceptó tener una entrevista con el padre de Ricardo si Cristina también asistía. La interrogaron como siempre por la militancia armada y ella dijo que no, que era una militancia política peronista. En un momento le preguntaron por el allanamiento y ella contó que esa noche le habían mostrado un papel que decía “Montoneros” y eso disparó un ataque de ira de Rearte. Le dijeron que no se iba a poder ir de allí y Cristina recordó el suceso como de los momentos en los que sus vidas peligraron.

“En ese momento no existía la condición de desaparecido. Lo buscábamos a disposición del PEN, en los regimientos, en las cárceles. No podíamos concebir que no iban a aparecer, eso fue muy difícil para los familiares”. A Cristina le ofrecieron una salida del país pero ella no podía imaginar irse y dejarlo a Ricardo en estas condiciones. La decisión que tomó para quedarse fue ponerse donde pudieran verla, volvió al trabajo en el que estaba hace 10 años en el municipio de la Matanza. Era profesora en Ciencias de la Educación y junto a otras compañeras habían armado el Gabinete Psicopedagógico. En marzo de 1977 la obligaron a presentar la renuncia ante la amenaza de echarla y “ponerle el sello de subversiva en la libreta”. “Perdí a mi marido, mi casa, el auto y la única forma de sustentación que tenía, mi trabajo de toda la vida, mi sueldo.” Se anotó en un listado de emergencia para trabajar como maestra aunque nunca había ejercido.

Los familiares concurrían a la Liga por los Derechos del Hombre, era del PC y allí se reunía información. También iban a misas y tiraban volantes que decían “los desaparecidos dónde están”; en ese contexto conoció a Gustavo Niño que era en realidad Alfredo Astiz. Conversaron 4 veces y le llamó mucho la atención todas las preguntas que le hizo, era un interrogatorio. Hizo referencia a la militancia de Ricardo como “estar en la joda” -palabras que solo usaban ellos- y le dijo que “estaban todos muertos” cuando entre los familiares circulaba la esperanza y la lucha por la aparición con vida: Cristina estaba convencida que era un infiltrado. “En ese momento lo que intentábamos era darle visibilidad a los desaparecidos, a los que estaba pasando, en la sociedad”; fue así como una vez que se encontraron en una plaza, Astiz apareció con Silvia Labayru diciendo que era su hermana. Silvia estaba secuestrada en la Esma.

El día del secuestro de las madres y las monjas en la Iglesia Santa Cruz Cristina no estaba pero si había ido su suegra. Luego de que Astiz las entregó, lo mandaron a infiltrarse en una sede de Amnistía Internacional en Francia. Sin embargo, allí lo reconoció una sobreviviente de la ESA que había logrado escapar. Inmediatamente mandaron una carta a las madres para avisar que Gustavo Niño era el Oficial de Inteligencia de la Marina, Alfredo Astiz. Cristina cree que el lenguaje que ella reconoció en Astiz no era el manejado por las madres pero que ella estaba familiarizada con el mismo por la militancia.

Mientras Ricardo estuvo en cautiverio recibieron noticias de él en dos oportunidades. La primera vez estaba sola con Florencia en la casa de su madre, donde vivían. Actualmente cree que esto no es casual sino que la estaban siguiendo pero en el momento pensaba que era un compañero, lo llamaba “Ricky” y reconoció a Florencia como muy parecida a su padre. Le dijo que habían compartido detención y que Ricardo estaba bien, animando y sosteniendo a les demás. Le avisó que para el 24 de diciembre iba a haber una amnistía a varios compañeros y que siga buscando por la Iglesia que estaba bien encaminada. En su momento todo le pareció lógico y le dio confianza pero luego se dio cuenta que no tenía sentido que Ricardo lo hubiese mandado a la casa de su madre, ni que supiera de sus búsquedas por el lado de la Iglesia: en el juicio por la Brigada de San Justo lo reconoció en dos fotos, era militar. Claudia Congett también lo reconoció en el marco del juicio a la Brigada de San Justo.

En enero del 77, una tía de Ricardo estaba caminando por su barrio en Zona Sur y una persona le tocó la espalda y le pidió que no lo mirara. Le dijo que le llevaba noticias de Ricky, de su sobrino, porque su hijo había estado detenido con él y le pidió que pase este mensaje. Estaban en “el peor lugar del mundo”, debían moverse rápido porque iban a matarlo.

Quien finalmente aportó datos fundamentales para conocer el recorrido de Ricardo fue Nilda Eloy. Ella declaró que durante su cautiverio en El Infierno llevaron a varias personas de San Justo y que a través de una pared un meteorólogo con apellido raro se puso en contacto con ella. Nilda le contó muchas cosas a Florencia, por ejemplo que Ricardo a través de la ventana que había en el techo les daba el parte meteorológico y eso los sacaba afuera, a recorrer a través de sus palabras.

Cristina recordó la militancia de Ricardo y a sus compañeros del Partido Auténtico, Rizzo, Lafleur, Galeano. En particular recordó a Jorge Congett, “El Abuelo”, a quien conoció en la militancia gremial de trabajadores municipales de La Matanza. Se hicieron amigos y compartieron mucho entre las familias. Jorge también empezó a militar con Ricardo en el Partido Auténtico. Actualmente están todos desaparecidos y Nilda los reconoce como parte del grupo que llegó a El Infierno desde la Brigada de San Justo.

La fiscalía le solicitó a la testimoniante algunos detalles. A raíz de esto Cristina explicó que cuando llegaron a su casa la madrugada del secuestro vieron algunas personas sospechosas en la calle. Además los vecinos salieron a defenderlos y los hicieron meterse dentro de sus casas a punta de pistola. Estos mismos vecinos vieron que a Ricardo lo metieron en el baúl de un auto y que había un camión del Ejército. Al suegro de Cristina le confirmaron tiempo después que las fuerzas que hicieron el allanamiento eran combinadas: del Ejército y de la Policía.

Cristina explicó que fue muy difícil pero que entre la terapia del acompañamiento y el apoyo familiar han podido sobreponerse. Armaron una red importante, su hija, su nuevo compañero José Luis y su hijo menor, Juan Manuel, los padres de Ricardo, sus suegros actuales, y su madre. Al finalizar su testimonio agradeció a su familia que la acompañó durante todo esto. Pidió justicia para Ricardo, para los 30.000 compañeros desaparecidos, pidió cárcel común y efectiva para los culpables. “A mi hija en los momentos difíciles siempre le dije que nosotros no íbamos a hacer nunca revancha, que no íbamos a tratar de manejarnos con el odio, que en este país iba a existir la justicia. Me emociona poder participar de todo esto y que se haya cumplido esto con lo que tanto soñé y con este sueño con el que crié a mi hija. Estoy muy agradecida a este país que nos ofreció la posibilidad de que se haga justicia, siempre tuve fe en mi país y por eso no me pude ir nunca. Y ahora tengo fé en la justicia.”

Además cerró su declaración recordando a la madre de Ricardo: “Quiero hacer un homenaje a mi suegra, Nélida Fiordeliza de Chidichimo “Quita”, que por cada año de desaparición de su hijo hizo un poema: A mi hijo Ricardo Darío que hoy cumple 30 años. Fue secuestrado el 20 del 11 del 76 en esta, su patria, que alguna vez fue llamada tierra de promisión y de paz. Tierra con madrugadas cargadas de odio con gente que grita, blasfema, arrasa. Tierra con gente que porta capucha, armas en las manos. Tierra que diste a mi patria hidalgos varones, patriotas cabales. Tierra no puede ser tuya esta gente que no tiene alma. Tierra donde tuve un hijo. Tierra donde se crio, estudió, donde se hizo hombre. Tierra donde formó un hogar, una hija engendró. Tierra donde se recibió, trabajó. Tierra donde lo perdí una madrugada triste ya hace más de dos años. Tierra hoy te pregunto a ti, temblando, ¿lo tienes tú?”.

El tercer testimonio de la audiencia fue el de Rubén Ares. Rubén comenzó a trabajar como policía en 1976, luego de 12 años de pertenecer a los Bomberos Voluntarios de Quilmes, y de trabajar en la fábrica Saiar. Estudió en la escuela Vucetich, y luego fue trasladado a la Brigada de Quilmes, como asistente del comisario Belich. Realizaba la limpieza de las oficinas y los dormitorios. Un domingo, día de la madre, en octubre de 1976, el cabo Gómez le pidió que lo ayudara a llevar una olla de comida a los “presos políticos”. Estas personas se encontraban en el tercer piso de la Brigada, con las manos atadas y los ojos vendados. Cuando llegaron al 3er piso, el cabo Gómez dejó que se desataran las vendas y las manos, para que pudieran comer. 

Ares contó que al poco tiempo de ese día, lo fueron a buscar a su casa una noche. Él vivía en una casa perteneciente al cuartel, como casero, ya que tenía problemas económicos. Llegaron varias personas a buscarlo, diciéndole que tenía que hacer un trabajo. Algunos eran sus compañeros: uno era de apellido Sosa, y el que lo había mandado a llamar era de apellido Alba. Recordó que “no sospeché en ningún momento, cuando llegamos a la brigada (…) que me cuidaban a mí”. En la oficina de la brigada, fue un señor a preguntarle dónde militaba. Entró el subcomisario Aguirre, le pidió el arma y le dijo: “nos va a tener que acompañar”.

Contó visiblemente conmovido que fue trasladado al Pozo de Arana, donde fue interrogado mientras sufría terribles torturas. Lo obligaron a punta de revólver a que firmara su renuncia. Luego fue llevado a la comisaría 5ta de La Plata, donde permaneció con otras personas atado y tirado en el piso de un galpón. Días más tarde fue trasladado a Banfield. En el momento de su secuestro, Rubén tenía una hija y su esposa estaba embarazada. Cuando en Banfield vio una mujer embarazada, se quebró emocionalmente. La chica lo consolaba. Las condiciones en las que permaneció, lo llevaron a situaciones límites.  

El 19 de enero de 1977, le dijeron que le iban a dar la libertad: “pibe, naciste de nuevo. Pero no te queremos ver por la provincia de Buenos Aires”. Le dieron 5 pesos y le dijeron que lo iban a dejar al costado de la ruta, mientras no se sacara la venta. Tenía mucho temor de que lo mataran; pero no fue así, por lo cuál comenzó a correr. Llegó hasta Burzaco, y pidió orientaciones para llegar a Quilmes. Fue hasta el cuartel de Bomberos voluntarios, donde lo recibieron y llamaron a sus familiares. Junto con su familia se fueron a vivir a Villa Mercedes, provincia de San Luis. Fue difícil para él conseguir trabajo estable. 

Rubén Ares declaró en el Juicio por la Verdad en 1999, a partir de un Habeas Corpus que había hecho su hermana cuando él fue secuestrado. “A mí me hace muy mal declarar” relató el testigo. Contó que después de su secuestro “Toda mi vocación, la de estudiar, la de ser bombero, todos mis proyectos quedaron en la nada”.

Cobertura de la audiencia del 24 de agosto de 2021


“A mi papá lo secuestraron por militar políticamente”

Con esas palabras Florencia Chidichimo inició su testimonio el martes al referirse a su padre, Ricardo, militante de la JUP y de Montoneros secuestrado en noviembre de 1976 y visto en el CCD “El Infierno” de Lanús, al que llegó como parte de un grupo de compañeros de La Matanza que como él siguen desaparecidos.

Por Gabriela Calotti

El secuestro y desaparición de Ricardo Darío Chidichimo, por entonces meteorólogo recibido en la Universidad de Buenos Aires que tenía 27 años, es uno de los más de 440 casos de víctimas del juicio oral y público por los delitos de lesa humanidad perpetrados en los llamados Pozos de Banfield, de Quilmes y “El Infierno” de Lanús con asiento en Avellaneda que se lleva delante de forma virtual una vez por semana desde fines de octubre de 2020 ante el Tribunal Oral Federal Nº1 de La Plata.

“Buenos días a todas, todos, todes. Soy hija de Ricardo Darío Chidichimo, desaparecido el 20 de noviembre de 1976. Desaparecido que significa secuestrado y asesinado. Lo secuestraron por militar políticamente (….) Fue un militante político comprometido con una causa”, sostuvo su hija, que al momento del secuestro de su padre tenía apenas ocho meses de edad.

Entrada la madrugada del 20 de noviembre de 1976, Ricardo y su esposa, Cristina del Río, volvían a su casa en Ramos Mejía después de un casamiento. Ni imaginaban que media hora después más de una decena de hombres armados y vestidos de civil irrumpirían en la casa por el patio trasero y por el frente.

Esa madrugada fue secuestrado otro militante de la Matanza, Jorge Congett, alias “el abuelo”, quien junto a Chidichimo y otros compañeros de apellido Rizzo, Galeano y Lafleur, habían participado en la formación del Partido Auténtico, brazo político de la organización Montoneros.

Con una frazada encima, Chidichimo fue sacado de su casa y obligado a subir al baúl de un falcón, afirmó luego su esposa de entonces, Cristina. Ella, también cubierta con una frazada, fue sometida a un interrogatorio mientras escuchaba como daban vuelta la casa, robando como “rapiñeros” todo lo que podían, como un juego de cubiertos de plata Lappas.

Al día siguiente, su esposa, su madre y su padre iniciaron su búsqueda que “fue tortuosa. Nadie decía absolutamente nada”, recordó su hija el martes ante el tribunal federal que integran los jueces Ricardo Basílico, Esteban Rodriguez Eggers, Walter Venditi y Fernando Canero.

Como tantístimas otras familias fueron a Campo de Mayo y también a ver a monseñor Emilio Graselli, vicario castrense, a quien hasta ahora y pese a los numerosos testimonios acerca de sus vínculos estrechos con los represores y sobre las fichas que el propio prelado armaba sobre cada víctima y su familia, la justicia no lo tocó ni por casualidad.

Su abuela paterna, Nélida Ordeliza de Chidichimo, se acercó a los organismos de derechos humanos y particularmente a Madres de Plaza de Mayo. Acudía a la iglesia Santa Cruz y tanto ella como su nuera Cristina, conocieron al genocida Alfredo Astiz que entonces se hacía pasar por hermano de un desaparecido con otra identidad.

Según la reconstrucción que pudieron armar su esposa e hija con la ayuda de testimonios de otros sobrevivientes, Ricardo Darío pasó por tres centros clandestinos de detención. Quien afirmó haberlo visto en “El Infierno” fue Nilda Eloy, sobreviviente del genocidio, que falleció por una enfermedad en 2017.

“Me dijo que mi papá había llegado al Infierno con ‘el abuelo”, con Rizzo y Galeano (…) Era un grupo grande de San Justo”, precisó la testigo el martes al recordar su encuentro con Nilda Eloy en las oficinas de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) en La Plata.

Nilda Eloy le contó del infierno pero también le contó que a través de una ventanita o claraboya, su papá podía ver el cielo “y todos los días les daba el parte meteorológico”.

Hincha de Banfield, Ricardo Chidichimo fue reconocido por el club en 2019 cuando hizo un banderín verde esmeralda titulado “Los 11 de la memoria” seguido por las fotografías de 11 detenidos-desaparecidos a quienes les restituyeron su condición de socios, contó su hija al tribunal sin ocultar su emoción.

Sus abuelos y ella entregaron sangre al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). “Nilda habló de buscar en el cementerio de Avellaneda y de Villegas (…) pero por ahora no hemos podido” encontrar nada, sostuvo al final de su declaración.

Florencia Chidichimo pidió “la máxima pena” para los imputados en la causa. “Hubo mucha gente cómplice, civiles y la Iglesia”, sostuvo y reclamó la apertura de arvchivos. “Son militantes, son 30 mil”, sostuvo luego de considerar que la justicia debería pedir “perdón por la tardanza” en celebrar este juicio, 45 años después de aquella tragedia.

“Tierra hoy te pregunto a ti, temblando ¿lo tienes tú?”

Cristina Adriana del Río tenía 27 años y una hija de ocho meses que esa noche había dejado al cuidado de su mamá para ir a una fiesta de casamiento. Trabajaba en la municipalidad de La Matanza donde había armado un gabinete psicopedagógico. Militaba en la Iglesia tercermundista, como su marido y en la Juventud Trabajadora Peronista (JTP).

“Fui esposa de Ricardo Darío Chidíchimo. Fui testigo presencial de su secuestro que sucedió el 20 de noviembre de 1976”. Mientras escuchaban gritos de “abran, abran, policía”, atinaron a vestirse y salir a un patio interno.

“Cuando salimos al patio se tiran desde arriba de los techos, no sé cuántas personas. Inmediatamente nos vuelven hacia adentro de la casa. A mi marido lo llevan al living y yo quedo sentada en la cama de la habitación”, relató con voz pausada al tribunal.

“A mí me interroga solamente una persona y a mi marido otra. Me manosea”, contó esta mujer que pertenecía a una familia de militares. Su padre había trabajado junto al general Juan Domingo Perón e inclusive estaba en la lista para ser fusilado en José León Suárez. Su suegro, que había trabajado como piloto en la Fuerza Aérea, había pasado a Aerolíneas Argentinas.

Esa madrugada eran entre “10 y 15 personas en total, fuertemente armadas y de civil. Sólo dos manejaban el operativo”, indicó deduciendo que eran militares por su jerga. La amenazaron ese día y luego por teléfono. La vigilaban cuando salía de su casa.

“Con la familia de mi suegro nos movimos mucho”, aseguró y mencionó a dos militares de apellido Salinas y Rearte ante quienes fue a pedir por su marido. Buscábamos en regimientos, en cárceles. No pensábamos que iba a quedar en condición de desaparecido”, aseguró.

En La Matanza la obligaron a renunciar y pese a las ofertas de su suegro para irse del país, decidió quedarse. Para entonces “había perdido a mi marido y en una hora y media, pierdo la casa, el auto, el trabajo. Me quedé viviendo en la casa de mi mamá y al poco tiempo me anoté para trabajar como maestra”.

Astiz, haciéndose pasar por “Gustavo Niño” le preguntó una vez si “tu marido estaba en la joda”. “Me quedé paralizada”, recordó.

“Noticias de Ricky” le dijo uno por el portero eléctrico en el edificio de su mamá semanas después del secuestro.  Lo dejó subir. Meses atrás lo reconoció en fotos de represores durante el Juicio por la Brigada San Justo.

“Ricky me pidió que te dijera que sigas buscando por la Iglesia”, le había dicho ese hombre rubio, grandote, recordó. “Hacía una semana que mi mamá y mi hermana habían ido a ver al vicario castrense”, precisó este martes.

Sin embargo hacia febrero de 1977 a un tío militar, José María Villafañe, le dijeron que ya no buscaran más a Ricardo.

En mayo de 1984 declaró ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). Pero fue recién a través de Nilda Eloy cuando tuvieron información “importante” sobre el destino de Ricardo.

Madre e hija mencionaron a Diego Guelar como otro de los militantes de aquel grupo de los cuales es el único que no estuvo secuestrado. “Era el abogado de la organización y militaba con nosotros”, afirmó Cristina del Río quien también pidió “justicia para Ricardo y para los 30 mil, y cárcel común y efectiva” para los responsables.

Cristina del Río quiso recordar a su suegra y leyó un tramo de un poema que ésta le escribió a su hijo en el día en que hubiera cumplido 30 años. “Fue secuestrado en esta, su patria que una vez fue llamada Tierra de promisión y de paz/Tierra de gente que porta capucha y armas en las manos/Tierra no puede ser tuya esta gente que no tiene alma (…) Tierra donde lo perdí una madrugada triste/Tierra hoy te pregunto a ti, temblando, ¿lo tienes tu?”

El presente juicio por los delitos perpetrados en las Brigadas de la policía bonaerense de Banfield, de Quilmes y de Lanús es resultado de tres causas unificadas en la causa 737 con sólo 18 imputados y con apenas dos de ellos en la cárcel, Miguel Osvaldo Etchecolatz y Jorge Di Pasquale. El resto está cómodamente en sus casas.

El juicio oral y público comenzó el 27 de octubre de 2020 de forma virtual debido a la pandemia por Covid-19. Por esos tres CCD pasaron 442 víctimas tras el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, aunque algunas de ellas estuvieron secuestradas en la Brigada de Quilmes antes del golpe. Más de 450 testigos prestarán declaración en este juicio.

Las audiencias pueden seguirse a través de las siguientes plataformas digitales:

La Retaguardia TV: https://bit.ly/2T1S06P

Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria: https://fb.watch/66cTGFRqGP/

Más información en el blog del Programa de Apoyo a Juicios de la UNLP

https://bit.ly/3coDVqV

La próxima audiencia será el martes 31 de agosto a las 9 hs.